Miércoles, Septiembre 08, 2010
   
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Los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus respectivos autores, y no necesariamente reflejan la posición oficial del Partido.

Artículos

América Latina: una mirada indiscreta

"El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente." Lord Acton.

El oráculo fue determinante: algo tiene que cambiar. Latinoamérica padece desde hace ya varias décadas la enfermedad del populismo y tiene las venas abiertas... de tanta morfina que le dan por la sonda. El populismo es el modo que encontró el socialismo del siglo XX para gobernar.

Así es como de la mano de retórica izquierdista y de una demagogia militante presidentes como Correa en Ecuador, Castro en Cuba, los Kirchner en Argentina, Morales en Bolivia y Lula da Silva en Brasil encontraron su camino allanado hacia el poder. Encontramos muchas más coincidencias que diferencias entre los países que conforman la gran región de América Latina.

Un par de años atrás le hice una entrevista a García Hamilton en relación al autoritarismo en América Latina. ¿Por qué somos nosotros, los latinos de sangre caliente, más proclives a someternos a regímenes que coartan nuestra libertad individual? La respuesta, por lo menos, me hizo reflexionar. Según él, desde México hasta Argentina, hemos sufrido las atrocidades de un culto al Estado, de una sociedad estamental, de la barbarie de un militarismo nacionalista. En una mirada rápida podremos parecer distintos pero la cultura es muy parecida: nos gusta los dictadores (y los valoramos como figuras patróticas), el estatismo económico, ser serviles y sumisos y nos gusta tener caudillos. El líder latinoamericano es el Leviatan del presente.

Los presidentes que orgullosamente flamean la bandera socialista en sus discursos son -vaya casualidad- los mismos que acallan a su población mediante intimidaciones, violencia directa, amenazas y la censura (indirecta y directa). El pueblo, ente al cual apelan, está para servir al régimen. Toda acción debe centrarse en la figura del líder. El culto a la personalidad es evidente y favorecido. Eva Perón, solía hablar de su marido como sinónimo del pueblo argentino. "Toda ambición atenta contra el pueblo, es decir contra Perón". Su poder radica en la polarización entre lo nacional y lo extranjero. Así, siguiendo con el ejemplo de este mítico personaje de la historia argentina, el slogan utilizado por él fue "Braden o Perón". Braden como figura que encarnaba al imperialismo y a la oligarquía y Perón, quien encarnaba lo nacional y lo criollo. Plutarco, autor que Perón irónicamente admiraba, solía advertir: "el verdadero destructor de las libertades de las personas es el que distribuye entre ellos recompensas, donaciones y beneficios".

Estos líderes-próceres que creen llevar a su país al paraíso los arrastran en la más profunda corrupción (todas las relaciones político-económicas se miden por el grado de amiguismo), la dedocracia está al orden del día y el respeto por las instituciones republicanas es, sin duda, cada vez es menor. Favorecidos por el sistema presidencialita de gobierno, la tradición virreinal, y el miedo al vacío de gobierno de la población, el presidente-dictador escribe con promesas su futuro inmediato. Descree del mercado y piensa (y se lo cree) que sus colaboradores y él tienen el poder y la solución mágica de acabar con los problemas de desnutrición, pobreza, educación y salud de sus respectivos países. Sus técnicas, harto utilizadas, son los precios máximos, los altos impuestos, las regulaciones y habilitaciones.

Iluminado por sus líderes, el socialismo del siglo XXI, tiene, y temo decirlo, un futuro bastante prodigioso. Lula, castrista hasta la médula, parece ser el que mueve las piezas de este ajedrez regional. Su retórica, tan latina como la salsa en Cuba y el bosanova en Brasil, se ha vuelto el caballito de batalla y la punta de la flecha en el accionar de su agenda política.

El ciudadano criado bajo este afán de poder está curtido por tanto atropello institucional. La excepción hace la regla, y es así como en la Argentina, por ejemplo, han sucedido hechos -increíbles mirados desde afuera- como cinco presidentes en una semana, la hiperinflación de los finales de los ochenta, los cortes de luz, las huelgas generales, la prohibición y la violación de los ahorros privados por parte del Poder Ejecutivo, estados de sitios, golpes de estado, bombas, inseguridad...

Estos líderes populistas tienen tatuado en su discurso la famosa frase del "acato pero no obedezco". Acallan a la masa crítica, oprimen a los opositores, y crean para sí una nueva versión de la historia. Abusos del sistema electoral, fraude, abultada y arbitraria propaganda oficial para con los candidatos oficialistas son algunas de las tácticas utilizadas para perpetuarse en el poder. En el caso de Honduras, país que vela por la alternancia en el cargo público, el ejemplo del ex presidente Zelaya fue más que admirable. Puede decirse que su afán por gobernar más del tiempo estipulado y abogar por la reelección le costó el puesto e influencia política.

Entender que el statu quo en el que vivimos puede cambiarse, valorar las cosas simples pero reales de que cada persona es dueña de sí misma, de sus decisiones y de su fruto de trabajo y que bajo un manto de justicia todos tenemos el derecho de expresarnos cómo y cuándo querramos es el primer paso para lograr una sociedad libre.

"Pero la libertad es más que eso: libertad es el derecho a cuestionar y cambiar la forma establecida de hacer las cosas. Esa es la continua revolución del mercado. Es su entendimiento que nos permite reconocer los defectos y buscar soluciones. Es el derecho a proponer una idea, de la que se burlan los expertos, y verla causar sensación entre las personas. Es el derecho a aferrarse -a un sueño- a perseguir su sueño, o aferrarse a su conciencia, incluso si usted es el único en un mar de dudosos." Ronald Regan.

La inyección de adrenalina que el cuerpo necesita se llama libertad. Con ella, llegamos a romper las cadenas que nos atan a la servidumbre del autoritarismo, a la creencia de que más Estado es mejor y de que vender la seguridad al líder es sinónimo de hacer un pacto con el diablo. El pueblo latino debe ahora, más que nunca, dejar de lado la personalización de la política y entender que la libertad se hace con esfuerzo. Pero lo vale.

La autora es miembro del Partido Liberal Libertario.

 

157 años después. ¿Qué queda de su espíritu?

Pasó un nuevo 1º de mayo declarado día del trabajador en recuerdo de hechos sangrientos que tuvieron lugar en Chicago en 1886. Siendo esta una fecha que ha tomado trascendencia internacional nosotros seguimos ignorando que también el 1° de mayo es el día fundacional de nuestra República Argentina.

¡El 1° de mayo de 1853 fue establecida nuestra Constitución original!

Yo creo que por este no inocente olvido hace décadas que los argentinos vivimos como un perro que intenta morderse la cola haciendo las mismas cosas y afirmando que nuestro problema es que cada nuevo gobierno destruye lo que hizo el anterior.

Es por eso que ya varias generaciones convivimos con las mismas cuestiones. A lo largo de mi vida he visto como todos los que han logrado encaramarse en el poder por los medios que fueren, elecciones ó golpes de Estado, siguen una misma línea de pensamiento: la libertad es peligrosa y el Estado debe ser quien decida por nosotros. Es decir que hace décadas vivimos contradiciendo nuestros principios esenciales.

Tras el por todos repetido argumento de que nos falta un "proyecto nacional" abandonamos desde hace varias generaciones el único que permitió que la Argentina sugiera del desierto para convertirse en el hogar de todos los que respondieron al llamado de nuestros constituyentes de 1853.

Me parece que ya no podemos seguir viviendo al margen de nuestros valores fundacionales.

La contradicción entre la libertad y el estatismo dirigista queda transparentada por las contradicciones entre el preámbulo original y el modificado de la Constitución reformada en 1949.

Pese a haber sido derogada, el espíritu de la Constitución de 1949 sigue vigente y su ideología ha impregnado con sus contenidos nacionalistas, esencialmente totalitarios y autárquicos, las prácticas y propuestas políticas de todos los partidos. Es por eso que el debate de ideas ha sido rebajado a una simple y descarnada lucha por el poder.

Promover "la cultura nacional" es dar por sentado que quienes nos querramos sentir argentinos deberemos adaptarnos a un molde preestablecido por sus ideólogos. Que quienes creemos que la cultura de nuestro país será el fruto de los usos; las costumbres y la creatividad de todos y cada uno de sus habitantes, amparados en la garantía de los beneficios de la libertad para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino, representamos la "antipatria".

Es creer que los que descendemos de quienes llegaron hace algo más de cien años respondiendo a un llamado generoso, si seguimos creyendo en los principios y valores que convocaron a nuestros mayores, representamos la contaminación con ideas extranjerizantes de los "sagrados valores" de la Patria.

El agregado de la irrevocable decisión de constituir una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana, es absolutamente coherente con: "primero la Patria; después el movimiento y por último los hombres".

Es el reconocimiento de una vocación totalitaria merced a la cual todos los argentinos estamos al servicio de un difuso "proyecto nacional" que definirán quienes detenten el poder político. Más grave aún es que seremos instrumento de quienes logren imponer sus intereses personales convirtiéndolos en los intereses de la Nación.

La defensa de una arbitraria idea de "cultura nacional", por ser esta discriminatoria, atenta, como ha quedado demostrado, contra el propósito de constituir la unión nacional y asegurar la paz interior

También ha resultado contradictoria con la promesa citada de garantizar los beneficios de la libertad.

El propósito irrevocable de constituir una Nación socialmente justa; económicamente libre y políticamente soberana, no sólo a fracasado rotundamente sino que ha logrado sumergirnos en una decadencia social y económica y desprestigiarnos en el concierto de las naciones.

La Justicia, en tanto está orientada a posibilitar la armonía entre los hombres al asegurar los derechos individuales, siempre es social.

Cuando se convierte en "justicia social" interferiere en la libre relación entre los individuos politizando hasta los más mínimos aspecto de nuestras vidas.

Cuando la Justicia muta en "justicia social" los ciudadanos libres interactuando en la búsqueda de su propia felicidad se convierten en súbditos sometidos a los caprichos del poder político.

La necesidad de “justicia social” es una premisa atentatoria, pese a su disfraz benéfico, contra la paz entre los conciudadanos ya que lleva implícita la afirmación de que algunos se apoderan de lo que es de todos. De ahí la calificación de desposeídos en reemplazo de pobres. Siendo así además de fomentar el resentimiento en vez de la armonía declamada como objetivo, elimina el derecho de propiedad todavía garantizado por nuestra Constitución..

Abolido el derecho de propiedad también queda abolida la libertad para cuya vigencia es condición necesaria, aunque no suficiente, el respeto irrestricto de la misma que consiste en no sólo en la posibilidad de ser tenedor de bienes sino en el derecho a disponer, valga la redundancia, libremente de sus frutos y los del trabajo personal.

Es unánime entre los argentinos la convicción de que la corrupción es uno de los grandes males a corregir.

Lo que pocos afirman es que la corrupción es consustancial con el poder de los gobernantes que, disimulando su codicia bajo la falsa promesa de promover el desarrollo económico, convierten en prioridades de todos los intereses de unos pocos.

Durante estos últimos años, como durante muchísimos otros de nuestra persistente decadencia hemos visto como la "burguesía nacional", a la que podríamos denominar más justamente "empresarios amigos del poder" han logrado enriquecerse al amparo de los funcionarios de turno.

En una sociedad de hombres libres , por lo tanto con plena vigencia de lo derechos individuales, con una economía también libre y abierta, es imposible lucrar si no es ofreciendo los bienes y servicios que los ciudadanos necesiten y a los precios que estos estén dispuestos a pagar.

Finalmente, ante el vacío conceptual imperante es hora de que le devolvamos su verdadero significado al artículo 1° de la Constitución que establece:

"Art. 1º.- La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal, según la establece la presente Constitución."

Representativa quiere decir que quienes asumen los cargos previstos en ella no son quienes nos mandarán sino que deberán actuar en representación de nosotros sus electores.

No los elegimos para que declamen refundar la Argentina mientras violan los derechos más elementales reconocidos en su texto. Lo hacemos para que simplemente administren el patrimonio común en resguardo de los derechos de todos, es decir de cada uno de los habitantes del suelo argentino cuya libertad deben respetar.

Republicana significa, coherentemente con lo precedente, que el poder está dividido para limitarlo.

Ser federal por último no quiere decir que quienes se apropien del esfuerzo de los que producen sean los gobernadores y demás mandatarios locales (mandatario debería reemplazar a "autoridades" en nuestro léxico político) sino que lo que reconoce el federalismo es, contrariamente, que el poder les pertenece a los ciudadanos y aquellos están obligados a cumplir sus mandatos, es decir a respetar los derechos individuales y obedecer a sus representados.

Por todo lo anterior es impostergable que quienes creemos en los principios establecidos en nuestra deformada, cuando no olvidada, Constitución de 1853 nos unamos en su defensa creando una alternativa a las unánimes propuestas de la corporación política encaramada en el poder político.

El autor es miembro del Partido Liberal Libertario.

 

El derecho hecho humo

I. La salud como obligación

Inadvertida por las páginas de los diarios de las últimas semanas pasó la noticia de que el gobierno porteño impulsaría una reforma a la Ley 1799 con el objeto de prohibir en forma absoluta el consumo de cigarrillos en bares, restaurantes y otros lugares públicos.

Siguiendo el camino inaugurado hace unos años con la normativa antitabaco que restringió severamente la posibilidad de fumar en lugares públicos e impuso la construcción de los "corralitos" para fumadores en comederos, confiterías y otros tipos de boliches, se intenta avanzar un poco más en la cruzada por la salud (forzada) de todos los porteños.

La excusa, como siempre, es políticamente correcta: la "salud pública". Se dice, invocando supuestos estudios científicos, que la prohibición contribuirá a mejorar la calidad de vida de los no fumadores, los trabajadores gastronómicos y hasta los propios consumidores compulsivos de tabaco, que gracias al paternalismo estatal podrán abandonar su horrible vicio.

Aclaro, por si las dudas, que estoy convencido de que el cigarrillo es malo, muy malo, para la salud. De hecho, jamás he fumado, en parte por la impresión que me causó de purrete la muerte de un familiar bastante cercano como consecuencia de un cáncer de pulmón.

Tampoco cuestiono que la salud es un derecho, pero remarco precisamente ese carácter: el de "derecho" y no de "obligación".

Nadie puede obligarnos a poner como prioridad en nuestra vida la salud por sobre todas las cosas. Hay quien puede valorar otros bienes por encima de llegar sano a la jubileta, como por ejemplo el placer de fumarse un buen puro, comerse de vez en cuando una fugazzeta de "La Mezzetta" o tomarse media botella de Chivas Regal, entre otros hábitos incompatibles con una vida saludable. Pretender que la salud debe primar ante todo es, en su forma más leve, un paternalismo inaceptable en una sociedad libre y pluralista y, a medida que se cae por la "pendiente resbalosa", liso y llano totalitarismo.

Por otro lado, es falso que la guerra contra el tabaco esté vinculada únicamente con la defensa de la salud de no fumadores, trabajadores gastronómicos y viciosos empedernidos. Muchas actividades afectan la salud respiratoria de fumadores y no fumadores sin que reciban la misma persecución que el consumo de tabaco: practicamente no tengo dudas de que pararse durante dos horas a respirar el "aire puro" de la esquina de Cabildo y Juramento, o los agradables vapores que emanan de las refinerías de Dock Sud, es infinitamente más perjudicial para la salud que pasar una velada rodeado de fumadores. Sin embargo a nadie se le ocurre prohibir la circulación de colectivos ni la refinación de petróleo. Claro... el motor de combustión o la industria petroquímica son indispensables para la vida moderna tal como la conocemos, en tanto que el tabaco sólo produce placer en el fumador (¿la cruzada contra el cigarrillo será también una cruzada contra el placer hedonista?).

El argumento de la protección de la salud de mozos, adicionistas y otros afiliados al sindicato de los gastronómicos tampoco resiste el menor análisis. Es probable que trabajar en un ambiente con humo de cigarrillo afecte la salud de los trabajadores (ignoro en qué medida exacta, y no se hasta que punto existen estudios científicos serios que puedan determinarlo) pero: 1) nadie está obligado a trabajar en un ambiente insalubre, el que no guste del humo puede buscarse otro trabajo; y 2) existen actividades laborales infinitamente más insalubres, como la minería, la industria química o el control aéreo y no he visto hasta el momento voces demasiado indignadas reclamando su prohibición.

En definitiva, nadie está obligado a llevar una vida saludable en contra de su voluntad y, de hecho, constantemente resignamos porciones de nuestra salud para acceder a bienes que valoramos más, como los viajes en auto, la energía eléctrica o un reloj de oro. Dudo que gobierno alguno esté habilitado para decirme que debo resignar la integridad de mis pulmones para que mi vecino viaje en colectivo, pero no para compartir una cena en un restaurant con un amigo fumador, tiempo que me resulta infinitamente valioso que los pocos segundos de vida que eventualmente podría estar estadísticamente perdiendo.

II. Los derechos y la proporcionalidad

Convengamos una cosa: la prohibición de fumar en lugares públicos es una forma de restricción al derecho de propiedad y de ejercer libremente el comercio de los empresarios gastronómicos, y al derecho a desenvolver libremente su plan de vida de los fumadores.

La pregunta es: ¿realmente se justifica semejante restricción a esos derechos?

Aclaremos que no se trata de derechos de jerarquía menor: explícita o implícitamente, están reconocidos en los arts. 14, 17 y 19 de nuestra Constitución.

Alguien me vendrá con la consabida cantinela de que ningún derecho es absoluto, y que siempre están sujetos a las formas en que la ley reglamente su ejercicio.

A esa perorata tan vacía de repetirla como un mantra sin analizarla replico: el propio artículo 28 de la Constitución aclara que los derechos no pueden ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio, por lo que toda norma que limite el ejercicio de un derecho debe ser interpretada con carácter restrictivo y, para ser constitucionalmente válida, superar el test de razonabilidad.

En nuestro caso, la prohibición total de fumar en lugares públicos, para ser constitucionalmente válida, debería demostrar que es la vía menos lesiva de la libertad de comercio y de la libertad de los fumadores de desarrollar su plan de vida, de entre todas aquellas posibles formas de proteger el derecho a la salud de los no fumadores. Lo que se impone, en último instancia, es comparar el peso relativo de los derechos en juego. Pero no del derecho a comercial y el derecho "a la salud" en un plano abstracto, sino de la concreta afectación de esos derechos en la situación concreta que se pretende regular.

Pues bien, no creo que la prohibición propuesta pueda superar ese test de razonabilidad. La prohibición de fumar implica una grave restricción al derecho de los propietarios de locales gastronómicos de disponer libremente de su propiedad y ejercer un comercio lícito y, lo que es peor, avanza en la restricción del derecho de los fumadores a elegir libremente su plan de vida, así como en su estigmatización como personas enfermas. En una sociedad libre y pluralista no creo que pueda considerarse enferma a una persona por no priorizar su salud ante otros placeres, pero la avanzada del fascismo saludable hace rato que logro imponer esa caracterización a los consumidores de drogas y de a poco lo está logrando con los fumadores.

Del otro lado debo decir que el daño a la salud que pasar unas horas a la semana en un bar lleno de humo puede causar al no fumador es mucho menor a lo que nos hacen creer los cruzados antitabaco, y puede evitarse simplemente no concurriendo a ese tipo de establecimientos. El "terrorismo" antitabaco impone la idea de que humo de cigarrillo es malo al punto que, prácticamente, pareciera que causa la muerte instantánea de quien lo aspira. Pero ello no es así, nadie se muere súbitamente por inhalar un poco de humo de cigarrillo. El daño a la salud es gradual, y lamentablemente nadie se ha molestado en cuantificarlo con precisión. Supongamos que yo paso dos horas a la semana en un café rodeado de fumadores. A lo largo de diez años, ¿cuanto tiempo de vida he perdido? ¿Alguien puede decirme a ciencia cierta si he perdido un año de esperanza de vida, diez minutos o tres meses? ¿Alguien puede decirme, además, que no es más valioso para mi pasar dos horas por semana compartiendo la vida con un amigo o una novia fumadora, que estirar dos años mi longevidad privándome de esa grata compañía?

En conclusión, no creo que pueda establecerse a ciencia cierta que los beneficios que se obtienen de prohibir totalmente el consumo de tabaco en lugares públicos sean superiores a los beneficios de permitir aunque más no sea pequeños espacios para fumadores. En la vida la salud no es lo único que cuenta, y los fundamentalistas de la vida saludable parecen no tener en cuenta que el placer, la amistad, la calma de espíritu, el ocio y la libertad son también condiciones importantes para que un individuo pueda decir que ha vivido una vida digna. Por ello, ante la duda, creo que debería estarse a la solución que implica una restricción menos evidente de derechos constitucionalmente tutelados.

III. Una nueva forma de totalitarismo

Mi impresión es que todas las modernas formas de justificar restricciones a la libertad individual no son más que transformaciones camaleónicas de viejos totalitarismos, del temor a lo distinto, de la búsqueda de sociedades uniformes y controladas.

Lo que antes se proclamaba en nombre de la patria, la raza o la religión, ahora se busca solapadamente a través de consignas "políticamente correctas" como la salud, la ecología o la igualdad.

El caso concreto de la guerra contra el tabaco es la guerra de una nueva forma de moral puritana en contra del placer. Lo que molesta del fumador no es que dañe su salud, sino que lo haga simplemente por placer. Si en lugar de reventarse los pulmones con el cigarrillo lo hiciera trabajando en una mina, nadie lo cuestionaría. Que alguien dañe intencionalmente su salud por mero gozo de los sentidos es algo que la moral del neototalitarismo no puede entender. Y no lo puede entender porque esta moral no concibe al ser humano como un ser libre para hacer lo que guste de su vida, sino como un engranaje al servicio de una máquina, la sociedad, que aspira a fines supuestamente superiores. El fumador es un "distinto", un "desviado", un "rebelde" que escapa a los cánones de lo que se supone correcto y que por ende debe ser temido y combatido.

No es casual que la cruzada en contra del tabaco y las drogas sea contemporánea a una obsesión por el igualitarismo que ha llevado hasta a combatir las distinciones de género en el lenguaje (llevando , por ejemplo, al uso ridículo de expresiones como "estimad@s" en lugar del viejo y castizo "estimados/as") o imponer todo tipo de leyes que tienden a la uniformización de la sociedad en todos sus aspectos, y a un fundamentalismo ecologista que busca las más variadas excusas para oponerse a toda forma de progreso tecnológico. Pienso que vivimos en épocas donde la libertad es mirada con profunda desconfianza, en las cuales se busca la uniformidad total, la eliminación del disenso, el conformismo del discurso único y la disolución de la individualidad.

Por más que lo disfracen de protección a la salud, al medio ambiente o la felicidad humana, eso en todas las épocas se ha llamado totalitarismo.

El autor es miembro del Partido Liberal Libertario.
Fuente: http://diegogoldman.blogspot.com.

   

Argentina 2010 y la necesidad de tener una representación liberal

En nuestro país, por más que muchos quieran negarlo, el liberalismo está presente en muchos individuos. Si bien es cierto que son pocas las personas formadas ideológicamente que defiendan abierta y constantemente las ideas de la libertad, muchos más son sin duda "liberales intuitivos" que por más de no poseer concientemente una postura filosófica determinada, el sentido común les murmura todos los días al oído que algo no está bien y cuales podrían ser las soluciones. El mérito como valor, la libertad, el Estado parasitario y el constante atropello están muy presentes en el inconciente colectivo. Al menos por ahora.

Si bien el espectro ideológico argentino es muy heterogéneo me animaría a decir que estas ideas tendrían una muy digna representación respecto otras ofertas políticas. Para tener un representante libertario en el cuarto oscuro, debatiendo en los medios de comunicación, representándonos en el Poder Legislativo no sólo necesitamos comunicar nuestro pensamiento al electorado, necesitamos previamente el apoyo de todos los que se sientan identificados con nuestras ideas para darle fuerza a un proyecto que tenga ese objetivo.

Mucha gente que no participa activamente en política colabora en fundaciones apartidarias de diferentes maneras, los cursos en diferentes universidades son cada vez más, las voces en internet por medio de sitios y blogs también se multiplican... pero mientras todo esto ocurre el panorama nacional es cada vez más sombrío: más impuestos, menos mercados, más Estado, menos libertad, más dificultades, más pobreza y exclusión. A pesar de que hoy tenemos muchos más espacios liberales no aparece el correlato en la política y el dirigismo es cada vez más grande. En la última semana los representantes de diferentes fuerzas que tuvieron nuestro apoyo en las últimas legislativas evaluaban las posibilidades de derogar en un futuro el impuesto al cheque, no sin antes estudiar nuevos impuestos para no desfinanciar al Estado. Mientras tanto de lo único que se habla es de la coparticipación del botín. Mientras esto ocurre en comisiones, por mesa de entrada llega un repudiable proyecto que propone un nuevo servicio militar obligatorio con fundamentos utilitarios. Seguramente los críticos a la iniciativa responderán también desde la estadística y las probabilidades y no escucharemos entre los representantes del pueblo un solo argumento moral respaldado en la libertad individual.

O nos comprometemos o no vamos a tener las herramientas para hacerlo cuando sea aún más tarde. Hoy las leyes ponen aún más burocracia y complicaciones para la creación de nuevos partidos políticos. Por eso estamos acá.

Sumate, es en defensa propia.

El autor es miembro del Partido Liberal Libertario.

   

¿Juicio político? Otra lectura acerca de la crisis actual

Un espectro se cierne sobre Argentina: el espectro del juicio político. A favor de este espectro se están conjurando en santa jauría vastos sectores de la sociedad argentina.

A primera vista, y analizando las cosas desde una óptica de salud republicana, resulta clarísimo que sería conveniente inyectar un poco de sensatez a nuestros gobernantes empleando aquellas herramientas desarrolladas para proteger a los ciudadanos de los avances del poder de turno.

Sin embargo, quisiera llamar la atención acerca de cierta realidad histórica relativa a los gobiernos peronistas, las crisis que generan y como siempre hay otro que pague por sus pecados.

Resulta imposible concebir mejor táctica que la que tienen los peronistas: aplican medidas keynesianas (intervención de la economía) por doquier, arrollan a las Instituciones, generan inflación y empobrecen al pueblo. Luego, súbitamente, se van del gobierno por la puerta chica y los que vienen después deben hacer milagros para salvar una economía virtualmente aniquilada.

La ansiedad, por parte de los gobernados o por otros grupos de poder, hace que diversos resortes (legítimos e ilegítimos) parezcan útiles para resolver el problema coyuntural que representa tener un gobernante peronista. Sin embargo, al removerlo, se los exime del costo político de rendir cuentas por la crisis que han sembrado. Y vez tras vez vuelven pregonando las mismas mentiras, generando los mismos resultados y haciendo manifiesta su verdadera vocación: el poder por el poder mismo.

Remover a los peronistas de donde están, lejos de salvarnos de sus designios, hará que se sigan fortaleciendo en las sombras, aprovechando cada reajuste sistémico (vulgata: crisis) para volver a tomar el poder, prometiendo panaceas para resolver cosas que, entendemos, deben suceder.

Personalmente, digo no al juicio político. No porque no lo merezca, no porque quiero seguir sufriendo violaciones, no porque quiera seguir siendo cada día más pobre.

Digo no, porque me gustaría que de una vez por todas, la gente entienda el mal que representa el peronismo para nuestro país. Y esto sólo se puede ver si las cosas siguen su curso normal, es decir, si se va al tacho.

Por ende, los invito a aguantar para que se caigan solos, no vaya a ser que pase algo como lo de Getulio Vargas y que sigámos sumando mártires y héroes populistas nacidos de sus propios pecados.

El autor es miembro del Partido Liberal Libertario.

   

¿Justicia social?

Tómese el parámetro que se tome, todos los estudios, informes, índices comparativos o series estadísticas nacionales e internacionales coinciden en señalar a nuestra Argentina como un país que desciende hacia la pobreza.
Un descenso relativo desde hace ocho décadas parecido por momentos a un estancamiento, pero sumamente doloroso y humillante al constatar a diario cómo otras sociedades a las que antes mirábamos por sobre el hombro hoy nos aventajan, alejándose hacia modelos de respeto, orden, trabajo y abundancia.

"Ya hay 3 generaciones de argentinos que no saben lo que es trabajar y cuando no se sabe lo que es trabajar, no se sabe lo que es la ética, el esfuerzo y el tesón. Hoy mismo hay 800.000 chicos que no estudian ni trabajan". Esta reflección del filósofo y escritor Marcos Aguinis trasluce el horror de millones de personas de bien que conocen de primera mano esta realidad, y la verdadera historia de cómo en los últimos 80 años elegimos, por ley de la mayoría, caminar hacia la pobreza.
Porque al igual que los gobiernos anteriores y a pesar de las declamaciones de justicia social, nuestro actual gobierno trabaja por la pobreza. Es decir, por la injusticia social.

Trabajar por la justicia social, contrariando nuestras elecciones, sería trabajar por la distribución de la riqueza. Siendo la mejor y más genuina distribución de riqueza la creación de trabajos bien pagos. Recordemos que las empresas privadas, únicas generadoras de dinero, lo distribuyen pagando salarios y comprando insumos o servicios a otras empresas. También entregando dinero no voluntario mediante impuestos que el Estado utiliza para brindar salud, educación, seguridad, justicia e infraestructura, aunque la realidad de 200 años de intentarlo nos demuestre la terrible ineficiencia en resultados de este último tipo de distribución.

La respetada Fundación Getulio Vargas, del Brasil, acaba de publicar su informe-ranking actualizado referente a las condiciones más (o menos) favorables a las inversiones de capital para 11 naciones sudamericanas. Argentina figura en el puesto número 7 ¡superada por Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia y Paraguay! Compartimos los peores puntajes con países gobernados por matones ignorantes como Venezuela, Ecuador o Bolivia.
Estas "condiciones favorables" incluyen, desde luego, seguridad jurídica (respeto al derecho de propiedad) e impuestos acotados tanto como legislaciones laborales  y comerciales modernas. Vale decir confianza en reglas de juego estables que aseguren la mayor libertad de empresa  y disposición patrimonial posible.

Crear mucho trabajo bien pago requiere centrarse en la competitividad. Y la competitividad surge de la creatividad, la capacitación y la tecnología, tres valores que aparecen tras las inversiones de capital de riesgo privadas. Algo para lo que nuestra nación está mal posicionada desde 1930, por lo menos, al calor de votos cobijados tras ideologías estatistas que vienen privilegiando la protección al vago y al mafioso, con creciente cargo a la ganancia honesta del industrioso y el pacífico.

La verdadera justicia social está en ofrecer posibilidades de  mucho más dinero y dignidad a quienes carecen de ambas cosas. Y la oferta de buenos trabajos cumple estos propósitos, revirtiendo la tendencia a la injusticia social generada por trabajos  malos y desocupación. Crear pobreza, entonces, es avalar decretos, leyes o cualquier clase de órdenes que pongan trabas a la radicación de inversiones empresarias.
Trabas como los controles de precios, que falsean la correcta asignación de recursos y las relaciones de valor, ahuyentando  inversiones en los rubros controlados. Trabas como la inflación y otros impuestos superpuestos a nivel de saqueo, que restan fondos a la reinversión productiva y persuaden a potenciales capitales de la inconveniencia de aterrizar aquí para generar empleo, teniendo a salvo la ganancia por lograr. Trabas poco creativas aplicando todo lo que ya fracasó una y otra vez.

Además, como también nos recuerda Aguinis "la existencia de un precio establece el respeto recíproco entre las personas, civiliza y crea relaciones entre iguales. En cambio el tributo fue durante la antigüedad un signo de esclavitud porque era lo que debía pagar una tribu cuando era ocupada por otra".

Palabras ciertamente actuales en esta Argentina donde triunfan los corruptos violentos, bajo la égida de un Estado vampiro y depredador alejado, para colmo, de cualquier noción republicana.
Una Argentina sin ética donde "billetera mata convicciones", donde el temor a la pérdida de un "plan" social, de un subsidio inmerecido, de una costosísima protección a “empresario amigo” induce al voto desalmado de apoyo a la más dura injusticia social. Desangrando a los más indefensos, promoviendo la desnutrición infantil, la depredación ambiental o la extinción por miseria de las etnias originarias. Porque esos, y muchos otros, son efectos directos de la falta de suficientes inversiones de capital, durante tantos años.

¡Y cuidado! Guardemos memoria de que aristas apoyaron la prórroga de superpoderes y la reestatización de Aerolíneas, de que Binner y Solanas se sumaron a la Ley de Medios y a la confiscación de las AFJP, y de que Cobos apoyó a los Kirchner desde un principio. Sus manos levantadas en el Congreso los condenan al bando de los que no aprendieron nada importante durante estos años de demolición nacional. Cada una de esas acciones hundió miles de posibilidades de nuevos negocios, de más universidades, investigación tecnológica, laboratorios, emprendimientos culturales y de aggiornamiento laboral o nuevas fábricas. De mejores ingresos y oportunidades para los que menos tienen… aunque esos políticos incombustibles se hayan desgañitado tratando de identificarse con la justicia social. Con el sentido común. Con el patriotismo. ¡Con la inteligencia!

   

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Homenaje al Padre de la Constitución Argentina de 1853


"El Gobierno es una necesidad de civilización, porque es instituido para dar a cada gobernado la seguridad de su vida y de su propiedad.
Esta seguridad es y se llama Libertad"

Juan Bautista Alberdi.-